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A Través de los Hilos Escarlatas – Relato corto de terror (Completo)
A TRAVÉS DE LOS HILOS ESCARLATAS
Siete horas de viaje. Más o menos. Eso le había marcado el cartel electrónico en el andén para el último tren de medianoche. Siete horas para conectar Budapest con Praga. Allí su amiga Monika le había prometido un trabajo en su florería. Buscaba alguien vivaz, joven y con buena presencia, cualidades de las que Kirsty siempre había gozado en demasía.
De apellido de nacimiento Ennis, Kirsty era más bien conocida como «Kirsty Love» en el mundo del cine porno. A sus treinta y tres se había labrado ya un nombre, a base de sudor, carisma y sexo hardcore; una carrera de más de diez años a sus espaldas, que hacía las veces de su principal fuente de ingresos…como así también de la aflicción que marchitaba cada vez más su cuerpo y alma. Porque Kirsty ya no era feliz en el día a día. Desde que se despertaba hasta que se acostaba sentía un vacío enorme en el pecho. Un agujero negro que jamás podía llenar. Se sentía solo un cuerpo, algo hueco, usado siempre para beneficio de terceros.
Filmada su última escena en Hungría, Kirsty entonces había decidido tomar el toro por las astas y dejar el apellido Love, como así su carrera, bien enterrados para siempre en aquel andén de Budapest.
La industria del porno le había carcomido el espíritu como una termita voraz, hasta dejarla tan débil como un heroinómano en su primer día de abstinencia. Los últimos diez años los sentía como si hubiesen sido cien; grabando hasta incluso cuatro escenas en un solo día laboral. Eso sin contar a los regímenes que debía someter su cuerpo para ciertas posiciones imposibles y largos periodos de penetración estipulados por contrato. Kirsty había llegado a un punto de no retorno, en el que ya no podía soportarlo más. Por supuesto, nadie jamás la había obligado. Pero ella sentía que ya no era para los ojos de los otros más que partes de un cuerpo vendible para aparecer en la cruel internet.
En su última película dejaba atrás cualquier rastro de Kirsty Love. También sus redes sociales, donde tenía casi trescientos mil seguidores. Las había cerrado todas. Buscaba olvidar todo lo que la atase a una vida pasada, aunque internet fuese aquel monstruo imposible de derrotar, donde siempre vivirían sus videos e imágenes por más litigios a los que tratase de aferrar su lucha. Una guerra perdida antes de comenzar.
Monika, una veterana (ya retirada) del porno europeo en los años 80’s, se dedicaba a ayudar a otras que también buscasen cambiar de aires. A Kirsty le daba lo mismo si era una tienda de flores, una pastelería o lavadero de mascotas. Estaba feliz de volver a tener el control de quien realmente quería ser.
El guarda se acercó y le tendió su guante blanco para exigir el boleto. Kirsty buscó en su bolso de mano. El hombre, con una sonrisa falsa que gritaba «odio mi trabajo, pero moriré haciendo esto», cortó y devolvió el ticket a la pasajera. Luego se marchó para continuar con su tarea con los demás pasajeros del vagón.
Kirsty contempló su nuevo teléfono celular con su nuevo número a estrenar. Lo había comprado en una tiendita de la estación antes de partir. Nada lujoso, solo lo necesario para mantenerla conectada. En la agenda de contactos solo tenía guardado el número de Monika. El reloj digital del teléfono marcaba las 00.05 A.M; apenas cinco minutos del trayecto de siete horas que el tren de medianoche ya había iniciado.
Cada vagón se conformaba de dos columnas de asientos, separadas por un pasillo; de a dos asientos por fila, enfrentados a otros dos, en bloques de a cuatro. Para suerte de Kirsty no había nadie en su bloque, el último de la columna izquierda. Solo tres asientos vacíos la rodeaban.
Kirsty observó por arriba de su asiento para hacer un paneo rápido del resto de los pasajeros. No eran muchos los que tomaban el tren de medianoche, pero aun así calculó a simple vista ocho pasajeros más: a su derecha, luego del pasillo, en el otro bloque de asientos, viajaba una pareja de veinteañeros; aparentaban ser estadounidenses por su acento latoso y gestos adustos. Enfrente de estos viajaba un anciano durmiendo, bastante delgado, embutido en un abrigo grueso de tela beige. El viejo ya se encontraba arriba del vagón cuando Kirsty lo abordó. Le sorprendía que siguiese dormido al tener enfrente a la ruidosa pareja.
Detrás de los americanos había un bloque de asientos vacío; luego el siguiente estaba ocupado por dos mujeres de la misma edad que Kirsty y dos niños, sentados a los lados de sus respectivas madres. Hablaban en un volumen alto y por el idioma era claro que se traba de húngaras. Pero más alto hablaban sus hijos, una niña y un niño de no más de seis años que no paraban de quejarse en ningún momento. Kirsty no odiaba a los niños, pero con solo ver a estos le bastaba como el mejor anticonceptivo. De momento no pensaba en tener hijos. No era algo que le quitase el sueño. Quizá algún día lo intentaría…pero escenas como la que ahora atestiguaba no hacían mucho por inclinar la balanza a favor.
El pasajero restante casi lo había pasado por alto. No por distraída, sino por el rechazo que le había causado. En el bloque opuesto de su columna, se encontraba el sujeto en cuestión. Kirsty llevaba mucho tiempo en la industria del porno y podía distinguir cuando la reconocían de civil. Aquel hombre, de cabello grasoso, lentes y apariencia de oficinista, le había clavado la vista al verla desfilar por el pasillo. Incluso se le habían escapadas unas palabras por lo bajo. Kirsty ni siquiera lo miró, pero su oído entrenado captó que hablaba de ella no como una pasajera más, sino como «es ella…».
—Podría ser peor… —se dijo a sí misma en voz baja, como consuelo. Era una frase que se regalaba a menudo como bálsamo. Siempre podía ser peor. Al menos estaba entera. No podía decir lo mismo de incontables hombres y mujeres, colegas que ya no estaban en la tierra de los vivos. Por decisiones propias o ajenas.
En cuanto al murmullo y griterío ajeno, Kirsty tenía la solución ideal en su bolso de mano. De su interior extrajo unos auriculares y los conectó a su teléfono. Puso algo de música sin letras, algo muy tranquilo, para armar su propio clima zen. Buscó rápido su lista de temas de sonidos de lluvia, mar y esas cosas de ruido blanco. Luego volvió a meter mano en su bolso y tomó para leer el último libro de Virginia Talbot, su autora preferida desde la adolescencia. Kirsty lo había comprado también en una tiendita del andén. La contraportada decía que era el libro que había devuelto a la fama a Talbot después de décadas en el ostracismo. La sinopsis prometía.
Kirsty subió el volumen de su música y se dispuso entonces a olvidarse por completo de aquello que la rodeaba para relajar sus ánimos.
Mecida por el andar taciturno y prolijo del tren, Kirsty se había dormido, con sus ruidos de lluvia y el libro de Talbot sobre la falda. Estaba entrando en la etapa donde los ojos comienzan a moverse detrás de los párpados caídos y el inconsciente tomar ventaja, cuando el ruido de un obturador, y luego un resplandor, la trajo de vuelta al presente.
Kirsty abrió sus ojos color café, con la rapidez de quien duerme siempre atenta ante la amenaza. Lo atrapó justo en el acto: el tipo se quedó congelado, con la cámara del teléfono todavía apuntando hacia la mujer en el único asiento ocupado al final del vagón.
Como suele suceder en los vuelos de largos trayectos, y para que los pasajeros duerman mejor, en el tren de Budapest a Praga habían bajado las luces de cada vagón, dejando unas pocas tenues para ofrecerles algo de descanso. La mayoría había aprovechado el momento para tomar una siesta…todos, menos aquel tipo que había descubierto a su actriz porno favorita en el mismo vagón de viaje. El momento perfecto para obtener una foto como trofeo. Pero como buen imbécil, no solo había olvidado silenciar la cámara de su teléfono, sino quitar también el flash que delató su impertinencia.
Kirsty lo observaba fija, con una mezcla de odio y asco. La luz del teléfono iluminaba el rostro del tipo. El brillo pálido de la pantalla hacía ver aún más idiota su cara de sorpresa. Balbuceó entonces una disculpa, pero se dio cuenta rápido que era mejor huir. Y eso hizo, sin decir nada a la mujer víctima de su voyerismo, para volver a su escondite al otro lado del vagón.
En otro momento de su vida, Kirsty se habría levantado gritando, para luego romperle de un puñetazo el tabique al pequeño degenerado. Pero después de todo era solo una puta foto, sacada por solo un cobarde. Había conocido peores y este ni siquiera se le acercaba. Podía lidiar con eso. Siempre lo hacía.
Una vez sola, volvió a observar el reloj de su teléfono: apenas la una y media de la madrugada. Kirsty estiró un poco el cuello y se quitó los auriculares. No solía dormir en los viajes, pero estaba tan cansada después de la última semana de filmación, que la mente se anestesiaba cada vez que el cuerpo se relajaba. Se acomodó en su asiento para retomar el preciado sueño. Pero entonces, con el cuello estirado hacia arriba, algo le llamó la atención en el techo: las luces eran apenas tenues, como las otras dispuestas a los laterales, pero estas eran diferentes, brillaban con una fluorescencia especial, como si latiesen al compás del tren. Eran como hilos gruesos, arterias lumínicas de un tono sangriento.
Kirsty recorrió con su vista el entramado de luces rojas y descubrió que no solo estaban sobre su porción de techo, sino que se replegaban hacia todo el firmamento del vagón. Le pareció curioso que un tren común y corriente ofreciese tal espectáculo lumínico. Volvió su cabeza hacia el resto de los pasajeros. Todos seguían dormidos. Excepto, por supuesto, el imbécil voyerista al otro lado. Se preguntó si había también captado los hilos sangrientos en el techo. Pero entonces Kirsty cortó su pensamiento. O más bien, algo lo interrumpió de raíz, al igual que la calma reinante en la atmósfera del tren.
Los gritos de hombres, mujeres y niños se mezclaron con el movimiento violento al que el vagón se vio empujado. Kirsty salió despedida hacia adelante y si no fuese porque no había nadie en el asiento de enfrente, de seguro se hubiese dado un muy buen golpe.
La oscuridad apaciguada del vagón se esfumó entonces para darle lugar a un juego de luces que no eran las normales, sino las de emergencia, chispeando en un rojo y amarillo bastante molestos.
—¿Pero qué mierda…? ¿Qué ocurrió aquí? —se quejó el joven americano, mientras se reincorporaba en su asiento. Su novia, que todavía llevaba el cinturón de seguridad al cuerpo, trataba de calmarlo.
Se sumaron los llantos y quejidos de los niños también. Las voces de sus madres, histéricas e iracundas, se combinaron en una capa insoportable para los oídos de Kirsty.
—¿Están todos bien? —escuchó preguntar en húngaro a una de las madres. Kirsty alcanzaba a reconocer algunas palabras del idioma y poco más.
—Si, si —respondió su compañera.
Los niños, como era de esperarse, continuaron quejándose a pesar de que no tenían rasguño alguno.
Hacia el fondo del tren, Kirsty observó al voyerista levantarse y mirar por la puerta que conectaba el vagón con el siguiente. Trató de abrirla, pero esta no cedió ni un milímetro.
—Parece que el tren se detuvo —murmuró el hombre, aunque seguía tratando de forzar la puerta.
—Hey, deja de hacer eso —el americano se había levantado y avanzaba nervioso hacia el voyerista.
Se retiró rápido de la puerta, bajando su vista cobarde y volviendo a su asiento. El joven trató de abrirla usando su fuerza…pero tampoco tuvo éxito en su empresa.
—Está trabada, mierda…
—Dan, prueba la otra —sugirió su novia, todavía sentada. Luego su atención se dirigió al anciano en el asiento de enfrente. Se preguntaba como diablos podía seguir durmiendo, con la cabeza entornada hacia abajo, sobre su decrépito pecho.
El americano corrió como un toro embravecido hacia el otro extremo del vagón. En el camino hacia la puerta intercambió una rápida mirada con Kirsty.
«Si, este también sabe quién soy…», se dio cuenta ella, pero le restó importancia al asunto.
Las fuertes manos del muchacho forzaron la puerta que conectaba al vagón trasero. Apretó los dientes para usar toda su musculatura.
—No se abre. Maldición…
Kirsty observó por la ventana a su izquierda. La nieve cubría todo lo que sus ojos podían alcanzar y por la cartografía divisible pudo adivinar que estaban cerca de una zona montañosa; un hermoso sitio para vacacionar, pero ahora, en pleno invierno y encerrada en un vagón junto a desconocidos, se le hacía un panorama desolador.
—Dan.…deja eso ya —dijo la joven estadounidense.
Su novio trataba una y otra vez de golpear sin éxito la puerta.
—Oh, mi dios…
La voz era otra vez de la joven. Pero su tono, antes nervioso, había cambiado a un agudo espanto. Dan, transpirado por sus esfuerzos, se dio la vuelta, aun turbado por no poder voltear el cerrojo.
—¿Melisa? —dijo él.
—Creo…creo que no respira.
—¿Eh?
Su novia señalaba al anciano frente a su asiento. El vejestorio continuaba imperturbable, con el mentón hundido hacia el pecho y los párpados cerrados, como si estuviese sumido en el sueño más tierno.
El voyerista y una de las madres se acercaron curiosos al anciano durmiente. Kirsty se mantuvo en su sitio, expectante y ansiosa por el clima que se arremolinaba cada vez más extraño en el vagón.
—Toca su pulso —le ordenó Dan a su novia.
La joven estiró su índice y pulgar derechos. Temblaba cada músculo de sus extremidades. Se acercó a veinte centímetros del cuello. Estaba por tocarlo, pero enseguida retiró la mano. Su rostro parecía una máscara de miedo y nervios.
—No…no puedo —dijo Melisa, entre lágrimas.
Una de las madres húngaras, rubia y de un metro ochenta, se acercó decidida al anciano. Luego se hizo hacia atrás, como si tampoco se animara. El voyerista se adelantó y, para sorpresa de Kirsty, estiró su mano hacia el cuello del anciano. Lo vio tragar algo de saliva y su nuez de Adán moverse detrás de su barba sucia.
Los dedos rozaron el cuello arrugado…y entonces algo explotó junto al asiento. Kirsty escuchó primero el ruido y luego contempló la dantesca escena: la cabeza del viejo se había separado del cuerpo, salpicando de sangre caliente a todos a su alrededor (menos a Kirsty) y rodando por el pasillo hacia el otro extremo.
—Ahhhh —aulló despavorida la madre húngara. Pronunció maldiciones en su idioma que Kirsty no pudo traducir. La vio huir a toda máquina, hacia donde estaba su amiga y los dos niños, igual de horrorizados.
Melisa, la joven americana cuya falda se había cubierto de rojo grumoso, se quitó el cinturón de seguridad y corrió hacia los brazos de su novio, quien no lo demostraba, pero por su boca abierta de par en par, estaba igual asqueado.
En cuanto al voyerista, este se llevó la peor parte, y la sangre no solo empapó parte de su cuerpo, sino que le llegó a la boca y a sus lentes. Se quedó tieso e inerte en su sitio, como si la reacción tardase en llegar eones a su cerebro.
El interior del vagón era un infierno de gritos y pedidos de socorro al por mayor. Kirsty aún se mantenía en su asiento. También estaba, por supuesto, aterrorizada como todos, pero su atención no se dirigía hacia el cuerpo sin cabeza. Sino que había visto algo más; algo que el resto parecía no percibir como ella: en el momento de la muerte, un hilo grueso y sangriento había bajado desde el techo en cuestión de segundos, y luego seccionado la garganta del anciano.
Kirsty siguió con su vista el hilo escarlata y el recorrido la llevó hacia el techo del vagón, donde descubrió un entramado de infinitas hebras de rojo sangriento.
El resto de los pasajeros ahora la observaban a ella. Kirsty se dio cuenta entonces que estaba apuntando hacia el techo, con la boca desencajada en una mueca horrenda por su descubrimiento.
—¿Qué hay en el techo? —preguntó el americano. Siempre con un tono agresivo y poco condescendiente.
Kirsty no respondió.
—¡Te pregunté que mierda hay en el techo! —le gritó Dan. Su novia le detuvo antes de que avanzara hacia el asiento de Kirsty.
—Esos hilos… ¿No los ven? —Kirsty volvió a levantar la vista, pero ahora en el techo no había ningún entramado ni filamentos, sino la estructura metálica y blanquecina del vagón de pasajeros.
—¿Hilos? —esta vez la que hablaba era la muchacha. Su voz sonaba nerviosa, pero trataba de hablar para no volverse hacia la locura.
Kirsty emitió una mueca al constatar que ya no estaban los hilos escarlatas, desde cuyo entramado había bajado algo y cortado con precisión de cirujano el cuello del viejo para dejar su cabeza rodando por el suelo.
—¡Está loca! —dijo Dan y se volvió hacia su pareja. —Melisa, fíjate si tienes señal en tu teléfono.
La joven le hizo con la cabeza un gesto negativo. Había dejado su teléfono en el bolso de mano, pero no quería volver por nada del mundo junto al cuerpo decapitado. Su novio soltó su abrazo. Con un claro disgusto en el rostro se acercó a donde estaban sus asientos y buscó en los bolsos ambos teléfonos.
—¡Los tengo! —exclamó Dan.
En cada mano se dispararon los dedos en busca de una conexión salvadora con el exterior.
Como si el joven fuese una especie de líder nato, el resto de los pasajeros lo siguió en su ejemplo y también trataron de pedir auxilio a través de sus teléfonos.
—¿Y bien? — le preguntó Melisa.
—Mierda…no puede ser. Ni una puta barra de señal… —respondió Dan.
—¿El Wi-Fi del tren?
—Cero.
Kirsty se vio también empujada a levantar su teléfono. Pero antes de que lo tomara, escuchó la voz del voyerista dar sus noticias a la pareja de americanos:
—Tampoco tengo señal. Mi teléfono está muerto… —Kirsty notó que tenía un acento fuerte; de seguro húngaro o checo.
Los tres miraron hacia las dos madres. La que se había quedado antes en su sitio se levantó en lugar de la otra, quien continuaba en estado de shock. No dijo nada, solo les mostró los dos teléfonos y negó con la cabeza para reforzar lo que se mostraba en las pantallas: sin señal, cero.
Kirsty volvió la vista a su teléfono y algo le dijo que no era sorpresa que también su cobertura estuviese muerta.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Dan.
—Estamos en medio de la nada —el voyerista se acercó a la pareja. Al pasar junto a Kirsty, evitó mirarla y agachó la cabeza.
—Eso no importa —replicó al americano. Luego hizo una pausa, como pensando. —Ah, que idiota, por poco se me olvida. Ahí, junto a la puerta al otro extremo, hay un botón de emergencia.
La madre húngara, todavía de pie, estaba cerca del botón y captó el mensaje. Lo presionó con fiereza…pero ni siquiera se encendió luz o sonido algunos.
—¡Vuelve a presionarlo! —gritó Dan.
La madre retomó su tarea y comenzó a apretar varias veces el botón, como si la insistencia fuese la clave para que las puertas hacia la libertad se abrieran.
—¡Cuidado! —la voz de Kirsty se asemejó a un aullido desesperado más que a una advertencia.
Lo vio primero que nadie. De la misma forma que había ocurrido con el viejo: un hilo rojo bajó como una serpiente desde el techo y se abalanzó contra la figura de la madre. Fue tan rápido que la mujer no tuvo ni tiempo para volverse a sus hijos y darles una última mirada…antes de que su esbelta figura se seccionase de forma vertical en dos partes, escurriendo en el suelo sus vísceras por doquier.
Los gritos de horror volvieron a esparcirse como granadas de mano, dejando una cacofonía insoportable y pesadillezca en los oídos de cada testigo de aquella muerte imposible siquiera de imaginar.
Con una violencia y desesperación desenfrenadas, el americano comenzó a darle patadas a la puerta. Su novia y el voyerista se le unieron, mientras la otra madre, junto a los niños, se agazapan aturdidos por el horror presenciado.
—¡Ábrete, ábrete, ábrete, ábrete…! —vociferaba Dan, mientras pateaba sin éxito.
Kirsty entonces descubrió como alguien se ponía a su lado, con un gesto en el rostro de locura y miedo. Era Melisa, la novia de Dan, buscando respuesta ante tanta irracionalidad.
—Tú…tú dijiste algo recién —titubeó Melisa.
Kirsty se limitó a observarla: la joven tiritaba y castañeaba sus dientes. Estaba temblando como una rama a punto de quebrarse.
—Dijiste algo antes…a la mujer que… —Melisa hizo una pausa. —Le dijiste que tenga cuidado…
Dan escuchó las palabras y se detuvo en su accionar contra la puerta. Se volvió hacia las dos mujeres.
—Había algo. Pasó rápido…no lo sé. Fue muy rápido… —balbuceó Kirsty.
—¡Si sabes algo, tienes que decirlo! —Dan la levantó por el abrigo y trató de obligarla a que saliera de su asiento. Kirsty, rápida de reflejos, le pateó en las bolas y el muchacho quedó en el suelo, resignado ante el dolor infligido.
—¡Maldita puta…!
Su novia trató de socorrerlo.
—Seguro tiene algo que ver con esto —Dan señaló a Kirsty. —Es la única que estuvo hablando incoherencias. Quizá nos drogó a todos y estamos alucinando…
—Vete a la mierda —replicó Kirsty.
—Tranquilos… —el voyerista se interpuso en la gresca. Sonaba tímido y retraído. Kirsty observó cómo se le acercaba demasiado a su asiento.
—No te me acerques enfermo —lo cortó en seco.
El voyerista se estacó en su sitio e hizo con las manos como si no quisiera hacerle nada.
—¡Esta puta…me tiene harto! —prosiguió el americano. Kirsty vio sus ojos inyectados en sangre. Estaba fuera de sí. Recompuesto del golpe y lleno de rabia, se volvió hacia ella hecho una furia, esta vez listo para devolverle el golpe….
—¡Dan! —gritó su novia.
Pero el puño nunca llegó al rostro del Kirsty, sino que cayó pesado hacia el suelo…junto a todo el brazo derecho de Dan, seccionado a la altura de su hombro. En un segundo le siguió el otro brazo. Luego cada una de sus piernas. Por último, la cabeza, para dejar al torso sobre un enorme charco de sangre y a Kirsty cubierta en rojo, de pies a cabeza.
Melisa corrió como una loca hacia el otro extremo del vagón, donde yacía el cuerpo cortado a la mitad de la madre húngara. Al encontrarse con el cadáver volvió hacia el centro del pasillo. Su mirada perdida se encontró con la de Kirsty, bañada en la sangre de su novio, que trató de decirle algo en sus labios, pero ya era muy tarde también para la muchacha: su cuerpo fue seccionado de forma horizontal en cuatro partes, como si un mago siniestro e invisible la hubiese usado de asistente en su grand finale.
El voyerista pegó un salto y se escondió debajo del asiento frente a Kirsty. Los niños y la única madre sobreviviente gritaron al compás de las muertes inexplicables, como si fueran parte de la orquesta de pesadilla que estaba dando a cabo una ópera infernal.
Kirsty, impregnada de un rojo brillante y con sabor a metal, no podía parar de observar cómo los hilos escarlatas se tornaban cada vez más gruesos en el techo; se retorcían y agrupaban en un tejido que latía con fuerza.
Los cadáveres yacían seccionados y regados por todo el vagón, como si hubiese estallado una guerra ahí mismo, en ese espacio reducido. El voyerista, desahuciado y en shock, se había hecho un ovillo debajo del asiento. Entonces una figura se acercó al lugar de Kirsty. Por la rendija del ojo, vio a la esbelta madre húngara acercarse hacia su lugar y profiriendo toda clase de palabrerías en su idioma, a puro grito desquiciado:
—¡BOSZORKÁNY! ¡BOSZORKÁNY! —repetía la mujer, una y otra vez. Tan fuerte como si escupiese una flema hecha fuego desde sus entrañas. —¡BOSZORKÁNY, BOSZORKÁNY!
Kirsty vio emerger como un topo desde su madriguera al voyerista. Sin que nadie se lo preguntase, este ofició de traductor:
—Te está diciendo…bruja.
—¿Qué?
—Dice que eres una…bruja —repitió el voyerista y luego bajó la cabeza ante la mirada inquisitiva de Kirsty.
—¡BOSZORKÁNY! —continuaba gritando la húngara. Estaba poseída por un mantra que atacaba directo hacia Kirsty, como si esta fuese la culpable de aquella matanza.
Los niños detrás de la mujer estaban aterrados, inmóviles ante la pesadilla en carne viva que los atrapaba como ratones en una trampa ácida.
—¡BOSZORKÁNY, BOSZORKÁNY! —siguió vociferando la húngara. —¡BOSZORKÁNY, BOS…!
Cuando entonces las luces de emergencia se tornaron intermitentes, apagándose y volviéndose a encender. La húngara detuvo sus maldiciones hacia Kirsty y dio unos pasos hacia atrás.
El aroma a carne podrida en el aire se manifestó insoportable. Kirsty observó entonces el entramado de los hilos escarlatas en el techo bajar y rodear a la mujer como telarañas. Las luces de emergencias se apagaron y los gritos en la completa oscuridad desgarraron los oídos de los presentes.
Kirsty no podía ver nada, solo escuchar los cortes de la piel y la carne desgarrándose; los huesos rompiéndose y separando las secciones del cuerpo. Los aullidos de muerte de la húngara se convirtieron en ecos de dolor.
Luego sobrevino el silencio. Un minuto. Dos minutos de nada más que la completa oscuridad. Hasta que la luz de emergencia volvió a encenderse.
El cuerpo de la madre húngara yacía cortado a la mitad, junto a su compañera de viaje. Los cuatro pedazos de ambos cuerpos, junto a sus órganos, se mezclaban sobre un charco de sangre aun caliente y humeante.
—No puedo aguantar más…no puedo —Kirsty oyó decir al voyerista, mientras este se levantaba de su asiento y trataba de abrir la ventana. —¡Voy a saltar, no me importa!
Kirsty no dijo nada. Ya se imaginaba lo que ocurriría.
—No…no abre… —dijo el sujeto y la miró como un cachorro triste.
—Lo sé —repuso Kirsty. Era lo primero que le decía a aquel desagradable hombre; por quien ahora sentía más pena que asco.
El tipo pareció darse cuenta de su misericordia y, quizá fuese el miedo o la locura, vio entonces a Kirsty como una especie de diosa, de virgen del perdón a la que redimirse y confesar sus pecados.
—Perdón por lo de antes —comenzó a recitar el hombre. —Perdón, pero tengo un problema. Nunca se lo dije a nadie, pero tengo un problema. Estoy enfermo, pero si Dios me escucha…le pido perdón por todo esto. Quiero ser un hombre nuevo, quiero…
Antes de que terminase, Kirsty ya había saltado desde su asiento hacia el pasillo. Los hilos escarlatas bajaron en un segundo y se metieron por la boca, ojos y oídos del voyerista. Su cuerpo tembló y vibró preso de una sacudida bestial. Kirsty contempló como los filamentos envolvían al hombre en un capullo. El aroma a carne chamuscada le hizo darse cuenta que se estaba quemando por dentro.
Luego de absorber todo lo que fuese antes hombre, los hilos se retiraron dejando solo un esqueleto. Kirsty se arrastró hacia los niños; algo le decía que debía protegerlos, aunque no sabía muy bien qué hacer ante tal masacre. El instinto maternal, supuesto por la mayoría, no era uno de sus talentos a destacar. Pero algo le decía que cuidarlos era importante. Aunque mirarlos a los ojos, le dio aún más miedo del que había experimentado hasta ese momento: el niño y la niña tenían la mirada perdida, fuera de cualquier atisbo de esperanza, como si ya fueran espectros condenados.
La atmósfera del vagón comenzó a tornarse espesa y dulzona, como si estuviera también viva y también formara parte del entramado de los filamentos de carne brillante.
Las luces titilaron. Kirsty trató de abrir la puerta, pero sabía que sus intentos serían en vano. Comenzó entonces a sentir como las arterias sangrientas se deslizaban por el suelo del pasillo, reptando sobre las vísceras de los muertos. Kirsty se dio la vuelta y se encontró frente a una especie de telaraña roja que lo abarcaba todo a su alrededor. Los hilos llegaban a todas partes del vagón de pasajeros. Solo Kirsty y los niños escapaban a su alcance.
Se preguntó cuanto tardaría en morir y solo deseó no sufrir tanto como los demás. Pero los hilos no tomaron esta vez a ningún vivo…sino que atraparon a uno de los ya caídos. Kirsty atestiguó como se introducían en la carne del anciano sin cabeza y lo tensaban desde sus extremidades y torso. Miró hacia arriba y creyó ver algo más: el techo del vagón había desaparecido y en su lugar se levantaba una bóveda de cielos imposibles en tonos más rojos y brillantes que la sangre humana.
Los hilos, que manejaban como un títere el cuerpo decapitado, se elevaban hasta aquel cielo rojo y se unían en algo aún más imposible de contemplar: cada hilo terminaba en la punta de un dedo blanquecino y titánico. Kirsty observó las dos manos gigantescas que salían desde las nubes sangrientas y movían los hilos escarlatas conectados al cuerpo del anciano. Eran más blancas que el mármol, de una fisonomía que intentaba parecerse a la de un humano. Entonces los dedos movieron los hilos…y estos el cuerpo.
El anciano sin cabeza arrastró unos torpes pasos por el pasillo, como si estuviese aprendiendo a caminar a ciegas. Avanzó la mitad del trayecto y se detuvo frente a Kirsty. Los dedos gigantes volvieron a moverse y el cuerpo en un espasmo le hizo una reverencia.
Luego escuchó la voz que se expresaba únicamente en su cabeza:
—¿Me ves? —dijo la voz. La pregunta era retórica, pues ya sabía que Kirsty podía ver todo el infierno que se había manifestado en el vagón de pasajeros.
Ella asintió sin pestañar. Se mordió los labios y dejó hilos de sangre bajar por su mentón.
—Bien —agregó el ser que manejaba los hilos. —¿Sabes quién soy?
Kirsty negó al instante. A esas alturas de la pesadilla no estaba segura siquiera quien era ella.
—Quiero que lo sepas Kirsty —agregó la voz y luego de sus palabras una arteria descendió desde la punta de uno de sus tantos dedos blancos y como si fuese un relámpago de dolor atravesó certero la frente de Kirsty.
No sintió dolor, ni tampoco miedo, ni ninguna sensación que hubiese experimentado despierta, dormida o con alguna droga de diseño. Kirsty estaba en el vagón y a la vez no. El titiritero le estaba mostrando algo más allá de la comprensión mundana: se vio afuera del tren, en un cuerpo etéreo y desnudo en medio de la nieve, sin sentir el mínimo de frío.
Kirsty se encontraba de frente a la formación completa del tren y entonces descubrió la cruda verdad: los vagones se habían descarrilado y caído al vacío en un accidente fatal. La mayoría de vagones estaban aplastados en un amasijo de hierros, sangre y nieve. Kirsty vio a la distancia luces, seguramente de los equipos de rescate que no tardarían en llegar a la zona del desastre.
De súbito, la visión otorgada se esfumó y Kirsty retomó a su lugar frente al titiritero cuyas manos manejaban los hilos de su destino.
—Ahora ya lo sabes —sentenció la voz en su cabeza, mientras movía con gestos siniestros el cuerpo decapitado del anciano.
Kirsty ya no sabía si estaba muerta, dormida o en el infierno…pero sabía que aquel ser era, sin dudas, quien manejaba toda la realidad a su alrededor.
—Si, me lo has mostrado… —murmuró Kirsty.
—Bien —dijo la voz del titiritero. —Porque no muchos logran verme. Mis hilos mueven el destino de los muertos. Todos estaban condenados a morir hoy. Yo solo hago mi trabajo —el titiritero suspiró en su cabeza. —¿Estás lista?
—¿Para qué? —dijo Kirsty.
—Para morir.
—No lo estoy —contestó ella sin dudar.
Por supuesto que no lo estaba. Quería disfrutar de su vida ahora que tenía las riendas de esta. Aunque después de ver el desastre desde afuera, ya ni sabía si estaba viva o muerta.
—Bien —la voz hizo una larga pausa. —¿Quieres vivir Kirsty Ennis?
—Si.
—Termina mi trabajo. Hazme feliz —repuso la voz con certeza.
Las palabras de la entidad le parecieron de un sentimiento libidinoso. Quizá, porque había escuchado esas palabras “Hazme feliz” durante gran parte de su vida, en boca de todos los que habían tomado de su cuerpo el único valor percibido. Los productores, directores, aquellos que no sabían diferenciar entre la persona y la actriz para adultos…porque a pesar de que el término actriz estuviese implícito, todos la trataban como si en verdad ella fuera la persona que retrataba en sus escenas más extremas y osadas. Escenas a las cuales solo había accedido por dinero; pero el dinero solo era un papel vulgar, cuando la muerte y el destino estaban en juego.
—Hazme feliz —repitió el titiritero. Quizá distinguió la duda en Kirsty, lo cual le llevó a darle una breve, pero rotunda ayuda. —Vístete de rojo Kirsty, para nacer de nuevo.
Al concluir sus palabras, los enormes dedos blancos en el firmamento rojizo volvieron a moverse y los hilos tensaron el cuerpo del hombre sin cabeza…en especial su brazo derecho que se estiró como una flecha, apuntando con su índice decrépito hacia la izquierda de Kirsty.
«Vístete de rojo Kirsty. De un rojo brillante…», las palabras en la cabeza de Kirsty ya no fueron los de la voz, sino los de su conciencia marchita.
El fatal accidente del Tren 291 que salió aquel sábado ocho de septiembre a las 00.00 A.M. desde Budapest con destino a Praga, fue uno de los desastres ferroviarios más trágicos de la década. Bomberos húngaros y checos socorrieron de inmediato al recibir los primeros pedidos de auxilio.
Al llegar a la zona del desastre se encontraron con un panorama desolador: la formación de doce vagones había descarrilado sus rieles al pasar sobre un grupo de montañas que marcaban el límite entre Hungría y República Checa. Quizá fuese que la nieve había congelado el sistema de frenos o que el mantenimiento no había sido el adecuado, pero el resultado de tales desaciertos consistió en una sucesión fatídica de hechos que terminó con la formación entera cayendo hacia al abismo entre montañas, en una caída de ciento cincuenta metros.
A la escena llegaron también varios helicópteros de rescate, pero cuando recibieron las noticias de la magnitud del desastre, muchos se retiraron debido a la inútil esperanza de encontrar sobrevivientes entre los escombros de la tragedia.
Los cuerpos de los fallecidos estaban esparcidos por doquier, en pedazos irreconocibles. Imposible de que hubiese sobrevivientes…hasta que uno de los bomberos divisó algo que le llamó la atención, entre los fierros torcidos y doblados del vagón número 7: bajo uno de los asientos asomaba un cuerpo en ovillo y se movía en espasmos.
Rápido, cortaron los fierros que la atrapaban y así llegaron hasta la persona, para darse cuenta que se trataba de una joven mujer. Su silueta estaba por completo cubierta de una especie de un líquido rojo, oscuro y pegado a su cuerpo. Por el olor a metal, se dieron cuenta que era sangre y la sacaron con extrema precaución hacia el primer helicóptero sanitario que se acercó hacia la zona de rescate.
Una vez en la camilla, y dispuesto el cuerpo de la joven con un tanque de oxígeno, la subieron hasta la aeronave equipada con un sistema sanitario que la llevaría hacia el hospital más cercano para tratar sus heridas. Una de las doctoras la revisó, buscando los orificios que habían drenado la sangre que le cubría.
Después de un largo rato, la doctora retiró sus manos del cuerpo de Kirsty y se rascó la barbilla en claro tono pensativo.
—¿Qué ocurre? —le preguntó uno de los paramédicos.
—No tiene sentido. Está cubierta de sangre, pero no tiene ninguna herida. Ni siquiera un corte superficial.
Kirsty escuchó las palabras y una sonrisa sincera nació en su rostro cubierto con la sangre de los niños. «Hazme feliz. Vístete de rojo», le había pedido el titiritero y ella había comprendido que para volver a nacer debía hacer lo que tenía que hacer.