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Martillo Hammer – Relato corto de terror (Completo)
MARTILLO HAMMER
—Martillo Hammer… —susurró, y una leve sonrisa le cruzó el rostro. Esa era la serie. Su serie. Tecleó el título en el buscador y esperó, confiado en que aparecería como tantas otras veces había aparecido en su memoria. Pero esta vez, nada.
Frunció el ceño. Tecleó una vez más, con lentitud, revisando cada letra, y volvió a dar “enter”. La pantalla seguía vacía. Se acomodó en el sillón, sin apartar la vista del televisor, como si en cualquier momento la serie fuera a aparecer por arte de magia. Martillo Hammer, el nombre sonaba en su cabeza como el eco de un tiempo más simple, más auténtico, un tiempo que parecía escapársele a medida que pasaban los años.
«¿Qué mierda? ¿Para qué compré este puto aparato, entonces?», pensó, mientras sus dedos tamborileaban sobre el control remoto, como si el movimiento pudiera agitar las opciones en la pantalla y forzar que aparecieran de una vez. “Todo el contenido imaginable a tu disposición”, repetía la publicidad del dispositivo, con esa promesa total que lo había convencido de inmediato. ¿Cómo no iba a confiar en algo que le aseguraba devolverle ese pedazo de infancia?
Probó otra combinación en el buscador, probó cambiar las palabras, hasta que se le ocurrió escribir solo Hammer. Esperó, pero la respuesta fue la misma: una fila interminable de títulos sin sentido, un catálogo inútil que no tenía lo único que quería ver. Sintió una punzada de irritación. ¿Cuánto tiempo llevaba tratando de que el aparato cumpliera lo prometido? Parecía absurdo, pero cada segundo frente a esa pantalla le hacía crecer una sensación de vacío.
Tomó el celular. Marcó el número de atención al cliente y esperó, mientras el tono de llamada resonaba en la quietud de la sala. A su alrededor, los muebles permanecían en la penumbra, envueltos en sombras largas y mudas, como si él fuera el único ser vivo en kilómetros. La llamada sonaba y sonaba, cada timbre calándole un poco más en la paciencia. Finalmente, una voz respondió al otro lado.
—Servicio de ayuda de OmniView, buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo?
El tono de la operadora era plano, medido, sin la más mínima chispa de emoción, como si no estuviera realmente presente. Ese tono solo logró enojarlo aún más.
—Quiero ver “Martillo Hammer”. ¡Me dijeron que este aparato tendría todo lo que yo quisiera ver! —replicó.
La línea guardó silencio un segundo que se sintió demasiado largo. Luego, la voz volvió a surgir:
—Entiendo, señor. Le sugeriría revisar la parte trasera del dispositivo. A veces, un pequeño ajuste o un botón de reinicio puede resolver el problema.
Frunció el ceño. La respuesta le resultó insólita. ¿Un botón en la parte trasera? Su molestia aumentó, pero al mismo tiempo, algo en ese tono le daba la sensación de que debía hacerle caso, como si no tuviera otra opción. Murmurando una queja, se inclinó sobre el aparato, pasó la mano por detrás y, en efecto, sus dedos rozaron un pequeño botón. Era un círculo casi invisible, con un símbolo extraño: una antena fusionada con un ojo.
Sin pensarlo demasiado, lo presionó.
El silencio de la sala se hizo más espeso y, de inmediato, la línea telefónica se cortó. El ruido de la llamada se desvaneció en un instante, como si alguien hubiera arrancado el cable. De repente, un zumbido comenzó a emanar del televisor, un sonido grave, continuo, que parecía vibrar en el aire, llenando cada rincón de la sala con una resonancia penetrante.
El zumbido se hacía más y más intenso, reverberando en sus oídos hasta el punto de incomodarlo, hasta que creyó que el sonido mismo iba a quebrar algo en su interior.
Y entonces, se detuvo.
El televisor volvió a mostrar el menú, y allí, finalmente, estaba: la imagen de David Rasche, pistola en mano y su sonrisa característica que destilaba confianza y peligro. Lo invadió una mezcla de alivio y satisfacción, una sensación que hacía tiempo no experimentaba. Era extraño, una pequeña victoria. Sonrió, inclinándose hacia el sillón, y apretó “play”.
Mientras la pantalla comenzaba a iluminarse y la serie daba inicio, sintió que una calma extraña descendía sobre él. Aquello era más que un programa, era un viaje al pasado, un puente hacia un tiempo que aún le pertenecía. Ajustó el volumen y, sin perder un segundo más, se dejó caer en el sillón.
La pantalla del televisor se llenó de imágenes, pero algo no encajaba. No era el inicio de “Martillo Hammer” que recordaba, ni el sonido familiar que solía acompañar la introducción de la serie. En lugar de eso, lo recibió una secuencia de imágenes difusas, borrosas, como si el televisor estuviera sintonizando en un canal viejo y olvidado, cubierto por una pátina de desgaste.
El paisaje que aparecía era desolado, teñido de un gris sucio que transformaba todo en ruinas. Casas destartaladas, paredes agrietadas y escombros que parecían haberse fusionado con la tierra. La palidez extraña de las imágenes, como si hubieran sido arrancadas de un sueño desgastado, comenzaba a provocar una incomodidad sorda en su estómago, una sensación de alerta latente. Es solo un glitch, intentó convencerse.
En el fondo de la escena, algo se movía. Una figura oscura se deslizaba reptando, como si estuviera observándolo a través de la pantalla. Cada paso era una mancha que se deshacía en un parpadeo, en una aparición demasiado breve, pero tan enfocada que su presencia le resultaba inconfundible.
El malestar en el estómago se intensificó. Sintió el impulso de apagar la pantalla, de cortar aquella transmisión que se sentía cada vez más como una invasión. Pero no lo hizo. Quería saber qué había detrás, quería ver hasta dónde llegaba esa figura que se acercaba, como si algo lo retuviera.
De repente, el sonido del televisor cambió. Unas voces comenzaron a salir de los parlantes, graves, profundas, de un tono que se hundía como el eco de algo antiguo, algo pesado. Las palabras que escuchaba no pertenecían a ningún idioma que conociera, y aun así, cada una de ellas resonaba en su mente con claridad perturbadora.
En ese instante, el celular sobre la mesa sonó. El timbre lo sacudió, rompiendo la hipnosis en la que estaba atrapado frente al televisor. Tomó el teléfono con manos temblorosas, sintiendo que el zumbido del aparato penetraba sus huesos. La pantalla del celular estaba en blanco, sin número de origen, solo una llamada entrante que parecía flotar en la nada. Deslizó el dedo para contestar, más por reflejo que por voluntad propia.
—¡Quiero ver Martillo Hammer, carajo…! —gruñó una voz al otro lado. Aquella voz era idéntica a la suya, pero estaba cargada de un odio visceral que le heló la sangre.
—¿Quién habla…? —preguntó, pero su voz apenas fue un susurro.
—Me prometieron todo. Bueno, quiero ver al puto Martillo Hammer, y no lo encuentro.
El tono de la voz era seco, hueco, pero había en ella un tono de reproche, de rabia contenida. Colgó de inmediato, sintiendo un terror que se le anclaba en el pecho.
Se quedó quieto, con el celular aún en la mano, mientras su mirada volvía a caer sobre la pantalla del televisor, como atraída por una fuerza que no podía ignorar.
Quiso apagar el aparato, terminar de una vez con aquella escena, pero el control remoto no respondió. Apuntó el dispositivo hacia el televisor varias veces, apretando el botón de encendido con una fuerza casi desesperada, pero nada sucedió. El televisor permanecía encendido, implacable, proyectando una imagen que le revolvió el estómago: allí, en la pantalla, se veía a sí mismo.
Estaba sentado en su propio sillón, en esa misma sala, mirándose fijo desde el televisor. La imagen era exacta, un reflejo de su postura, su expresión. Incluso el control remoto en su mano estaba alineado con el que sostenía. Era como si el televisor hubiera capturado su imagen y la estuviera devolviendo desde algún lugar oscuro, desde una realidad alterna en la que él era solo un espectador más.
Se incorporó de un salto, con la intención de apagar el dispositivo. Al dar el primer paso, la imagen en la pantalla se movió con él, imitando cada uno de sus gestos al detalle, como si el televisor lo reflejara en una coreografía sincronizada. Se detuvo y observó el reflejo, con una sensación de pánico que le llenaba el cuerpo. Cada movimiento suyo, cada cambio de expresión, cada respiración, eran replicados por la figura en la pantalla, que lo miraba con la intensidad de un ojo que no parpadeaba nunca.
El sudor comenzó a resbalarle por la frente, frío, pegajoso, mientras intentaba procesar lo que veía en la pantalla. La imagen de sí mismo, atrapado en ese marco oscuro.
Poco a poco, todo en la pantalla se fue apagando, excepto su propio rostro, rodeado de sombras que pulsaban como si fueran parte de un cuerpo viviente, algo que respiraba. La escena que lo miraba parecía retorcerse en un vaivén lento, casi hipnótico, como si el televisor mismo tuviera su propio ritmo cardíaco.
Las sombras se expandieron y comenzaron a mostrar destellos, fragmentos de escenas superpuestas que reconoció con una angustia en aumento. Los rostros de su niñez aparecían borrosos, deformados. En una escena estaba él, pequeño, sentado en la oscuridad de su habitación, escuchando a sus padres discutir en el pasillo, con una tristeza que parecía no haber envejecido ni un día. Gritos ahogados, llantos que creía olvidados. Luego, otro recuerdo: un cumpleaños al que no había querido ir y donde había pasado toda la tarde escondido, aislado, mientras el bullicio de los otros chicos se volvía un eco insoportable en su cabeza.
Cada imagen le golpeaba como un puñetazo. Reconocía esos recuerdos, sí, pero en cada uno de ellos había detalles extraños, perturbadores, detalles que no recordaba haber vivido. En uno, veía una silueta extraña al fondo de su habitación, un contorno sombrío que parecía observarlo. En otro, sus propios ojos se cruzaban con los de una figura sentada junto a la ventana, inmóvil, con un rostro familiar y, al mismo tiempo, desconocido.
La respiración se le hizo pesada, dificultosa, el aire en la sala se espesaba con cada escena. Quiso apartar la vista, desviar la mirada de aquella secuencia maldita, pero era como si las sombras e imágenes se extendieran desde la pantalla y le tomaran el rostro, obligándolo a mirar.
En un parpadeo, el televisor volvió al menú. Pero ahora solo había una opción en pantalla, un título escrito en un idioma que no comprendía, aunque su significado lo invadió con una certeza aterradora: El reflejo de tu tiempo. Sus dedos temblaron mientras extendía la mano hacia el control remoto, incapaz de detenerse; algo más allá de su voluntad lo guiaba en sus movimientos.
El televisor emitió un leve parpadeo, y entonces la imagen cambió de nuevo. Ahora veía un lugar desconocido, un paisaje árido y estéril que parecía extraído de un sueño roto. Alrededor, solo había tierra gris, muerta, que se extendía hacia un horizonte que parecía borrarse en la nada.
En la distancia, entre la neblina densa y grisácea, vio una figura que al principio no reconoció. Pero a medida que avanzaba, el corazón le dio un vuelco. Era él mismo, un reflejo suyo que parecía arrastrarse en dirección opuesta, desfigurado, con los ojos vacíos, como dos pozos negros que lo miraban desde un vacío insondable. Aquel reflejo lo observaba con una intensidad que le heló la sangre, y por un instante creyó que iba a gritar, pero el sonido quedó atrapado en su garganta.
Un sonido familiar lo arrancó de su parálisis: el celular volvió a sonar.
La vibración penetró sus huesos, propagando un eco que lo hizo estremecerse. Miró el aparato en su mano y, con un terror creciente, vio cómo la pantalla reflejaba un número sin origen, una llamada que parecía provenir de ninguna parte. El aparato se contestó solo y se puso en altavoz:
—Bienvenido —susurró la voz al otro lado, cargada de un eco sombrío que le recorrió el cuerpo—, siempre hay más que ver.
Tragó saliva, apenas podía articular las palabras:
—¿Bienvenido…? ¿Dónde estoy…?
La voz respondió con una frialdad que parecía venir desde una distancia imposible.
—En el reflejo, donde las imágenes no se desvanecen.
Apretó el teléfono, sintiendo el peso insoportable de aquellas palabras que parecían encerrar un destino que no comprendía. Miró sus manos y notó algo en la palma: un dispositivo idéntico al de streaming, pero con un peso frío, metálico, que se le incrustaba en la piel como si siempre hubiera estado allí, como si fuera una extensión de su propia carne. Sintió un impulso desesperado de soltarlo, pero sus dedos no obedecieron.
Frente a sus narices se materializó otro televisor, uno antiguo, que parpadeaba con una estática que ondulaba con el ritmo de sus propios latidos. La pantalla comenzó a mostrar una imagen, y no necesitó acercarse para comprender lo que veía. Allí estaba él, sentado en su propia sala, con los ojos abiertos de par en par y el rostro rígido, reflejando un terror inmóvil, eterno.
El reflejo en la pantalla lo observaba desde esa distancia. Un pánico indescriptible lo consumió. El televisor era una ventana hacia otra dimensión, y cada segundo parecía prolongar una eternidad en la que él no era más que una figura vacía, un recuerdo atrapado en un paisaje muerto.
—Bienvenido al fin del tiempo —murmuró la voz en el teléfono, antes de que el sonido se desvaneciera, dejándolo solo frente a ese abismo que lo miraba con ojos que él reconocía como los suyos.
Desesperado, intentó gritar, pero ningún sonido escapó de su garganta y cuando miró la pantalla, la figura que le devolvía la mirada abrió la boca, reflejando su grito sin emitir sonido alguno.
Sujeto por un impulso irracional, intentó arrancarse el dispositivo de streaming de las manos y arrojarlo al suelo, destruirlo. Pero era como si estuviera fusionado a su piel. Tiró con fuerza, desesperado, sintiendo que el metal le ardía en los dedos, pero el aparato resistía, adherido a él, como una extensión de su propio cuerpo. Cada intento de liberarse aumentaba su angustia, y en su lucha no notó que la imagen del televisor también cambiaba, adaptándose a cada uno de sus movimientos.
Al parpadear, el paisaje se transformó. Ya no estaba en su sala, ni siquiera en el desierto árido que había visto antes. Cada vez que sus ojos se cerraban, el escenario a su alrededor cambiaba como un caleidoscopio infernal, una sucesión de imágenes rotas y distorsionadas. En un momento se encontró en una habitación cerrada y oscura, las paredes cubiertas de grietas por donde se filtraba una luz rojiza; en otro, estaba rodeado de árboles secos, retorcidos como figuras agónicas que parecían moverse en silencio, acechándolo.
El tiempo dejó de tener sentido. La sala, el desierto, los lugares fantasmales se repetían sin cesar. Y con cada cambio de escena, sentía que una parte de su esencia se desvanecía, se disolvía, reemplazada por una sensación de vacío que le nublaba los recuerdos.
«¿Cuánto tiempo he estado acá?», pensó, pero no encontraba respuesta. Solo sabía que ya no era el mismo hombre que se había sentado frente al televisor, y la idea de haberse convertido en otra cosa lo quemaba por dentro.
Entonces, la pantalla mostró un mensaje. La lengua en la que estaba escrito era desconocida, una mezcla de símbolos y líneas que parecían moverse como serpientes, pero lo entendió al instante, como si cada letra se proyectara en su mente:
Bienvenido, al final del tiempo.
Sintió que algo en su interior se quebraba, y en un último intento por escapar, se dio vuelta y corrió. Pero el espacio se cerraba a su alrededor. Cada paso que daba lo devolvía al mismo lugar, rodeado por sombras infinitas que se cernían sobre su humanidad.
El televisor parpadeó una vez más, y en la pantalla apareció su imagen, inmóvil, una figura demacrada, desgastada, que lo observaba con ojos opacos. Su propio rostro parecía cambiar, deteriorarse en un ciclo interminable, destinado a observarse mientras su semblante se borraba poco a poco, devorado por una nada que crecía, que se expandía, disolviéndolo en el vacío.
La figura en la pantalla sonrió, y la mueca que se formó en sus labios fue una grotesca parodia de su propio rostro. Los rasgos se deformaron, la piel desintegrarse, revelando carne marchita, tendones secos, dientes que se asomaban como cuchillas amarillentas. Los ojos eran pozos vacíos, oscuros, de donde brotaba un líquido espeso y rojizo, que goteaba sus mejillas en una parodia de lágrimas.
Sin control sobre su cuerpo, sus propios ojos se encontraron con los de esa cosa en la pantalla, y la sala se llenó de un olor nauseabundo, una mezcla de sangre rancia y carne podrida. Sentía que la podredumbre se le adhería a la piel, que se filtraba en su carne. Sin poder evitarlo, el pánico le arrancó un alarido que esta vez sí escuchó, resonando en el vacío como una explosión que desgarraba el silencio.
La figura del televisor comenzó a extender una mano, acercándose a él. Era una mano demacrada, cubierta de llagas y costras, con las uñas quebradas que parecían garras. La pantalla se hizo líquida, una superficie fangosa derramándose hacia afuera, reptando hasta él como una masa amorfa, pegajosa. Intentó retroceder, pero sus pies estaban anclados al suelo, y la masa negra avanzó, subiendo por sus piernas, envolviéndolo con una textura viscosa que le quemaba la piel.
Gritó de dolor cuando aquella cosa comenzó a treparle por el torso; el ardor era insoportable, sentía su piel derretirse bajo el contacto de aquella sustancia inmunda. La figura en la pantalla ya no era él; se había convertido en algo más, una criatura que lo observaba con una mueca de odio absoluto, un hambre insaciable. El líquido negro le subía por el cuello, llegándole al mentón, cerrándole la garganta y llenando su boca de un sabor metálico.
Quiso respirar, pero la masa seguía extendiéndose, llenándole la boca, los ojos, cada poro, hasta que su visión quedó envuelta en una oscuridad total. Intentó mover sus manos, pero la sustancia se las había devorado también, y un dolor indescriptible le estalló en el pecho. Sintió que su cuerpo se fragmentaba, como si lo estuvieran desgarrando desde adentro. La carne se le desgajaba en jirones y oía los chasquidos de sus huesos.
En un último esfuerzo, intentó abrir los ojos, solo para ver el televisor frente a él, que proyectaba su propia figura destrozada. Allí estaba: un amasijo de carne desgarrada y huesos, apenas reconocible. Vio su rostro, ahora un cascarón vacío, donde solo quedaban trozos de piel colgando y ojos vacíos. Y en aquella visión de su propia desintegración, comprendió que ya no existía un él, que se había convertido en una parte más de esa imagen condenada a repetirse, atrapada en el ciclo eterno del televisor.
Lo último que escuchó fue una voz, familiar y lejana, susurrando desde el televisor:
—Bienvenido…